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Un desconocido
El hombre que viaja de pie en el autobús ha leído esta misma mañana un artículo en el periódico que le ha impresionado: el testimonio de una mujer que fue torturada por los militares durante la dictadura argentina.
Miguel Sanfeliu

El hombre que viaja de pie en el autobús ha leído esta misma mañana un artículo en el periódico que le ha impresionado: el testimonio de una mujer que fue torturada por los militares durante la dictadura argentina.

Una mujer sube al autobús y le pregunta al hombre si se va a sentar en el asiento libre que tiene justo frente a él. El hombre le dice que no y, por un momento, cree ver en esta mujer los rasgos de la protagonista del testimonio del periódico, incluso aseguraría que ella le ha hablado con acento argentino.

La observa de reojo. No puede verla bien. Busca su reflejo en el cristal porque no está seguro de que se trate de la misma persona. Esta mujer parece más joven. Hay gente que no aparenta la edad, su piel se mantiene tersa pese al transcurrir de los años. Está seguro de que los ojos de esta mujer reflejan una profunda tristeza.

Desea hablarle, aunque no sabe muy bien qué decirle. Le falta valor para preguntarle si es ella la mujer del periódico. Tal vez no lo sea, después de todo.

Y sin embargo, siente un impulso irrefrenable. Sin pensarlo, le pone la mano suavemente sobre la cabeza a la mujer. Una caricia paternal que ella no entiende del mismo modo.

La mujer se sobresalta, le aparta la mano de un manotazo y levanta la vista hacia el hombre.

—¿Qué hace usted? —le pregunta.

Él le sonríe con suavidad. Unas palabras salen de su boca, provienen de lo más profundo de su ser, imposible detenerlas, tiene que decirlas. Para entonces ya le da igual que la mujer sea o no la misma del periódico.

—Sea usted fuerte —dice.

Nada más.

Suficiente para que el rostro de la mujer se contraiga y enrojezca y sus ojos se llenen de unas lágrimas que no tardan en derramarse sobre sus mejillas. Se tapa la cara con las manos y agacha la cabeza intentando ahogar el sollozo.

El hombre le acaricia el pelo una vez más antes de bajar en su parada.

Ella consigue por fin contener el doloroso llanto. Levanta la cabeza y le busca. El hombre ya no está. El resto de los pasajeros la está mirando. Ella saca un pañuelo de su bolso y se seca el rostro, luego mira por la ventanilla, hasta que llega su parada y desciende también del autobús, rumbo a la cafetería donde ha quedado con una amiga.

Camina deprisa, en parte por la impaciencia y en parte para combatir el frío de la mañana. Su corazón se agita desbocado. Sus pies golpean con fuerza las baldosas de la acera y su cuerpo en tensión acusa la sacudida a cada paso. Algo está tomando forma dentro de ella...

Llega a la cafetería. Su amiga ya la está esperando. Ella se acerca y toma asiento.

—¿Qué te ha pasado? —le dice su amiga nada más verla— Tienes un aspecto horrible, como si hubieras visto un fantasma. ¿Has llorado?

—Me ha pasado algo muy extraño.

Le cuenta a su amiga el episodio del desconocido del autobús. El camarero les interrumpe un momento para poner encima de su mesa dos tazas de café. La mujer aparta suavemente el suyo unos centímetros y continúa con su historia.

—¿Y no lo habías visto nunca? —pregunta su amiga cuando termina.

—Nunca.

—Qué extraño. ¿Qué crees que puede significar?

—He tomado una decisión.

Su amiga la mira con cierta dosis de escepticismo.

—Sé prudente —le advierte.

—No puedo más.

—Tal vez el tipo del autobús era un chiflado, un loco; quizá no deberías tomarlo tan a pecho.

—No lo entiendes. Me da igual quién fuera, sus palabras iban dirigidas a mí. Llámalo como quieras, lo de menos es el mensajero, lo importante es el mensaje.

—¿Qué es lo que piensas hacer?

—Le voy a dejar. Hoy mismo. Ahora. Iré a casa, cogeré mis cosas y desapareceré. Ese cabrón no volverá a ponerme la mano encima.

Su amiga se tapa la boca con las manos y abre mucho los ojos.

—Si te descubre haciendo las maletas, te matará.

—Tengo toda la mañana. No sale de trabajar hasta las dos.

—Debes darte prisa. ¿Vendrás a mi casa?

—No, tu casa es el primer lugar donde me buscará. Me iré de la ciudad, lejos, y es mejor que no sepas adónde.

—Te echaré de menos.

—Te llamaré dentro de un tiempo, cuando todo se haya calmado.

La mujer se pone en pie, su amiga también, se dan un abrazo, firme, mejilla con mejilla, respirando cada una el olor de la otra.

Por fin se separan y la mujer da media vuelta y sale del local, con aplomo.


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